“Traté de esconder las
inseguridades emocionales que me
generaban atracción hacia los
hombres. Me preguntaba si en
realidad Dios tenía interés en mí.”
Tenía 14 años cuando me senté a leer
la Biblia en casa de mis abuelos.
Había sido criado en un ambiente
cristiano porque mi padre era
ministro episcopal y por ello que me
eran familiares muchas de las
historias bíblicas. Pero ese día
necesitaba desesperadamente conocer
lo que decía Dios respecto a la
homosexualidad. Después de mi
lectura, entendí claramente que Dios
consideraba la homosexualidad como
pecado (ver Romanos 1:26-27 y
Levítico 18:22). Descubrir esto me
produjo más confusión que la que ya
tenía. No hacía mucho tiempo que
había tenido un sueño en el cual
estaba involucrado en un
comportamiento homosexual. Me
desperté con temor y confusión.
Después de esto me di cuenta que
quería mantenerme físicamente más
cerca de mis compañeros masculinos y
que este deseo crecía cada vez más.
No sabía de donde venían estos
deseos pero lo que sí era cierto es
que no me gustaban. También sabía
que debía mantener esto en secreto.
Oraba a Dios fervientemente para que
se llevara esos deseos pero
lamentablemente no desaparecieron.
Me hacía la pregunta “¿Por qué Dios
no atiende a mi oración?” Me
cuestionaba si en realidad yo le
importaba.
La escuela secundaria me trajo aún
más confusión. Por la inseguridad de
mi identidad buscaba mantenerme
emocionalmente cercano a otros
chicos y deseaba una conexión física.
Un amigo mío y yo practicamos un
encuentro sexual y esta experiencia
satisfizo en cierta forma la
curiosidad engendrada durante mis
fantasías. Continuaba orando por mi
lucha pero Dios no me quitaba la
atracción que sentía hacia personas
de mí mismo sexo.
En mi último año de bachillerato, me
llené de coraje y me decidí buscar
ayuda. Encontré un número telefónico
de consejería para adolescentes.
Después de explicarle con mucho
nerviosismo mi historia a la mujer
que atendió el teléfono me dijo: “La
persona que trabaja con homosexuales
está aquí los viernes”.
Frustradamente colgué el teléfono y
me monté en mi moto roja Honda
Elite. En mi correr por las calles
del sur de Portland lo que sentía
era rabia y estaba sin esperanzas.
Llegué inclusive a pensar chocar
fuertemente algún vehículo
estacionado y de esta manera me
suicidaría, pero Dios me detuvo y
calmó mi corazón.
Durante otoño de 1990 tenía una
“novia” que asistía a la iglesia de
mis padres. Comenzamos a salir
juntos y pretendía estar interesado
en ella, pero mis sentimientos
confusos comenzaron a ser notorios a
las personas que me conocían. En una
conversación que sostuve con ella le
confié mis luchas homosexuales. Fue
asombroso saber que ella tenía
palabras de esperanzas. Me dio el
número de la Fraternidad de Portland
(Portland Felowship – PF) un
ministerio local de Exodus.
Con nerviosismo realicé la
llamada que cambiaría mi vida.
Phil Hobizal, Director de PF,
contestó el teléfono. Inmediatamente,
después de escuchar mi problema, me
dio aliento y me dijo que podía
ayudarme. Phil me comentó que el
cambio era posible y concertamos una
cita para la semana siguiente. Sus
palabras fueron las mejores noticias
que jamás hubiese escuchado.
Unos días más tarde, aún en mi
emoción, me acerqué a mi madre y la
intimidé con estas palabras: “Hay
algo que quiero comentarte y es que
tengo problemas porque lucho contra
tendencias homosexuales”.
Inmediatamente, me detuvo y me dijo:
“Espera un momento, tu padre tiene
que escuchar lo que me estás
diciendo”. Traté de detenerla porque
creí que no podía contarle mi
secreto a mi papá. Siempre me sentí
muy distanciado de él. Aunque
compartía con mi mamá mis
pensamientos y mis sentimientos
nunca sentí esta libertad con mi
padre. Mientras ella salió a
buscarlo me puse muy nervioso. Les
dije que luchaba contra deseos
homosexuales pero que no deseaba ser
gay. Además les comenté la esperanza
que había recibido en Portland
Felowship.
Salí de la casa sintiendo una
libertad que no había experimentado
jamás. El peso del secreto que
mantuve por años comenzó a
evaporarse. Un poco más tarde supe
que mis padres se pasaron esa noche
conversando, llorando y orando. La
mañana siguiente fui a la Iglesia y
después del servicio mi padre me
llevó afuera. Me dijo que en todos
los años de su ministerio había
conocido mucha gente con problemas
muy serios, pero que jamás había
visto a alguien que había enfrentado
su problema de una manera tan
diligente como yo. Me expresó que
jamás había sentido tanto orgullo
por mí hasta ese día. Esas palabras
fueron una bendición y un consuelo.
Mi primer año dentro del ministerio
PF fue difícil. En las reuniones que
teníamos los martes por la noche
aprendí cuáles eran las raíces de
mis deseos homosexuales, el plan de
perdón de Dios y la libertad de la
lucha homosexual. Sin embargo,
ocasionalmente durante los fines de
semana me subía a mi motocicleta y
me dirigía al centro de la ciudad
para ver que era lo que estaba a
disposición en la comunidad gay con
la esperanza de encontrar a alguien
o a algo que pudiese llenar el vacío
en mis necesidades emocionales. La
pornografía tenía gran poder en mi
vida, y era una barrera para madurar
todo lo que estaba aprendiendo de
Dios. Me llevó todo un año
participando en las reuniones de PF
antes que me diese cuenta que no
podría nadar en dos aguas: No podía
seguir a Dios y mantener la
esperanza de satisfacer mis
necesidades homosexuales.
Asistía a una universidad bíblica en
ese entonces. Vivía en el campo
universitario y comencé a compartir
mis luchas con algunos compañeros.
Esto fue un gran riesgo ya que casi
nadie sabía como manejar esta
situación, sin embargo no sentí
rechazo alguno. Es más uno de los
primeros muchachos a los que le
compartí mi problema se hizo uno de
mis mejores amigos.
Dios me había escuchado y estaba
contestando mis oraciones. Su deseo
no fue llevarse todos mis problemas
sino de brindarme consuelo y apoyo
dentro del Cuerpo de Cristo. Fue
mediante mi apertura y el poder
compartir mis luchas como comencé a
experimentar que mis necesidades se
iban llenando. Me hice líder de un
pequeño grupo en PF y continué
caminando sometido a Dios. De
repente pude notar que lo que
impulsaba mi deseo era una intensa
necesidades emocionales por tener
buenas amistades masculinas. Mis
deseos homosexuales empezaron a
desaparecer poco a poco en la medida
que desarrollaba amistades
masculinas positivas.
Uno de los pasos más grandes que
hice en mi proceso de cambio ocurrió
una noche con mi papá. Habíamos
apartado un tiempo para cenar juntos
y conversar lo que teníamos dentro
de nuestro corazón. Esa noche fue la
primera vez en la que compartimos
los asuntos más personales de
nuestras vidas. Comencé a sentir una
nueva conexión con él y empezaron a
desaparecer las dudas que tenía con
respecto a nuestra relación.
En enero de 1994 ingresé al staff de
PF. Deseaba tener la oportunidad de
decirle a la gente que el cambio era
posible y alcanzar a los
adolescentes y compartirles la buena
noticia que existe libertad para las
vidas dominadas por el pecado
sexual.
Continué madurando en los años
siguientes, trabajando en el
ministerio y atendiendo a las clases
para obtener mi título en mis
estudios bíblicos. Un día mientras
conversaba con unos amigos en la
cafetería de la universidad, mis
ojos contemplaron a una hermosa
muchacha que estaba en una mesa
contigua. Su sonrisa y su simpatía
cautivaron mi atención. Con el ánimo
fomentado por mis amigos me atreví a
pedirle que saliésemos juntos. Poco
a poco se fue convirtiendo realmente
en mi primera novia.
Amy sabia algo acerca de mi
homosexualidad, pero debido a que
ella quería conocerme mejor y saber
lo que había experimentado,
participó en el programa de ochos
meses en Portland Fellowship.
Exactamente un año después de
nuestra primera cita, la llevé a las
cataratas de Multnomah, un sito muy
famoso en mi localidad y donde mi
papá se le declaró a mi mamá. Me
postré en una rodilla y le pedía a
Amy que fuese mi esposa. Ella me
cautivó de tal manera que casi dejé
caer el anillo de compromiso en las
cataratas. Me alegra el hecho que me
hubiese aceptado. Tuvimos una
hermosa ceremonia de matrimonio el
15 de marzo de 1997 a la que
asistieron nuestros seres queridos y
amigos cercanos. Pasamos una hermosa
luna de miel de Puerto Vallarta en
México y desde entonces hemos
disfrutado de nuestro matrimonio.
Jesucristo es verdaderamente
un Dios de misericordia y de gracia.
Puede parecer extraño pero ahora le
agradezco haber experimentados esas
luchas homosexuales. Al habérselas
entregado a Dios, le di el permiso
para moldearme y transformarme en el
hombre que soy hoy en día. Le doy
las gracias por haberme escogido
para alcanzar a las personas
quebrantadas, le doy las gracias de
haber suplido los deseos de mi
corazón. En él no hay secretos.
Verdaderamente él es un Dios
Todopoderoso.
Datos sobre al autor:
Si desea conocer más sobre el autor
y su trabajo en Portland Fellowship,
puede conectarse al siguiente link:
http://www.portlandfellowship.com/stories/jason.html.
En el mismo encontrará otros links
con datos y testimonios del autor
(la información es en inglés).